martes, 27 de febrero de 2007

Hoy,
volvemos a la saga de los cuentitos del viejo....


Póngase cómodo, relájese y entréguese a la lectura nomás


EL TRAVESTI


Travesti, según algunos diccionarios, es aquel que se disfraza o enmascara.

Sin embargo usamos este vocablo para referirnos solamente a personas que, con diferentes argucias, pretenden hacernos creer que poseen un sexo distinto al real. Tales argucias, van desde rellenos quirúrgicos varios a postizos de todo tipo.

Generalmente pensamos en hombres que intentan parecerse a mujeres y en que la gran mayoría de estas personas se dedica a la prostitución. Aparentemente esto es así.

No ocurría lo mismo con el pobre señor Adolfo Fernández Inchauspe, que pese a intentarlo de todas las formas posibles, nunca logró que alguien, hombre o mujer, pagara por sus servicios sexuales.

Es probable que su fracaso se debiera a una mezcla de factores, pero creemos que los determinantes fueron su asombrosa fealdad y la poca habilidad para travestirse. Debo aclarar que en su partida de nacimiento figuraba como Dorotea Nilda Fernández Inchauspe.

Lo que no tuvo en cuenta, es que generalmente, un señor que recurre a una señorita-señor, lo hace porque la apariencia, mas o menos femenina del requerido, lo libera, en alguna manera, del sentimiento de culpa que sentiría, si se confesara que no le disgustan los muchachitos. No debemos dejar tampoco de hacer mención al hecho de tener estas señoritas, un valor agregado que, evidentemente las hace muy atractivas.

Mal podía entonces Dorotea, ganarse la vida, convirtiéndose en hombre ya que la demanda para ese tipo de travestismo es muy limitada.

Se afeitaba tres o cuatro veces por semana para ver si le crecían la barba y el bigote. Recurrió a todo tipo de ungüento y pomadas caseras, algunas bastante repugnantes por cierto, pero logro solo una triste pelusa que más que varonil, le dio aspecto de adolescente desprolijo.

Para peor cuanto más se empeñaba en ocultar sus enormes y colgantes tetas, estas, más parecían crecerle.

En general su apariencia, termino siendo, a más de desagradable, absolutamente andrógina, o sea ni chicha ni limonada.

Consiguió que se interesaran, solamente, un par de señoras, que no querían confesarse sus tendencias. Lamentablemente, en todos los casos, se negaron a pagarle ya que él se negaba a ser considerado mujer, por esas cochinas lesbianas.

Para demostrárselo, a una de ellas le encajo una flor de piña.

Por supuesto intervino la policía, el fiscal, el juez y algunos más, lo que le valió un mes de detención.
Como el juro que era hombre, lo cumplió en Caseros. En el pabellón fue muy bien recibido por los demás presos, los que lo introdujeron de tal forma que le costo varios meses poder volver a sentarse.

Después de esta dura experiencia, se confeso, no sin tristeza, la necesidad de encontrar otro tipo de trabajo para poder subsistir.

Luego de intentarlo en diferentes oficios, más o menos masculinos, consiguió por fin un conchabo de camionero. A esto lo ayudo su notable parecido con Moyano, lo que hizo que lo tomaran sin muchas preguntas, creyéndolo familiar directo del sindicalista.

Tuvo así un tiempo de aparente felicidad ya que era tratado y hasta puteado, como hombre. Sin embargo era mirado como a un bicho raro por sus compañeros de oficio, que se guardaban de hacer comentarios, por el antedicho parecido.

Por supuesto que se le presentaron infinidad de problemas para poder ocultar su verdadera identidad, pero logro sortearlos, con femenina astucia.

Todo transcurría bien hasta el día en que, por pura casualidad, al ir a estacionar su camión frente a una parrilla de la ruta, casi choca a otro que pretendía hacer lo mismo en sentido contrario. Era un equipo enorme con patente brasileña, Más enorme aun, le pareció el negro que bajo de la alta cabina.
Se quedo atontada ante tremenda bestia y con bastante miedo ante la posible reacción del fiero bicho, pero este paso a su lado diciendo ¡ Teña mais cudado, boludo ! y entro al boliche.

Busco un lugar justo frente a él y se sentó a comer, no podía dejar de mirarlo.

Una extraña sensación la embargaba. Se había enamorado perdidamente de ese tipo. No sabia que pensar ni que actitud adoptar frente este nuevo sentimiento. Un serio interrogante se le presentaba, no sabiendo ya como considerarse a sí mismo. ¿Era acaso un hombre homosexual o simplemente una mujer caliente?

Trato por todos los medios de congraciarse con el grandote. Pidió disculpas por su torpeza al estacionar, convido con cerveza y hasta intento pagar la cuenta del almuerzo.

El negro miraba con cierto recelo, mientras pensaba ¿Será que voy a tener que cojerme a este puto?.

Por supuesto, terminaron en la cómoda cucheta del enorme camión, donde al ritmo de música brasileña, franelearon como locos.

El grandote se comporto con una gran delicadeza, hasta saco una botella y preparo una caipiroshca para convidarla, se excuso por que la cashasa se le había acabado. Todo fue perfecto, hasta que llego el inevitable momento de sacarse la ropa. Cuando la vio desnuda, el negro, se puso blanco y dando un grito de bronca, la saco afuera a patadas, le tiro la ropa por la ventanilla y furioso arranco el camión.

Mientras se iba, entre puteadas se lo escucho decir ¡ Puta que parió, eu quiria coger homen, no a gorda puta !.

Ese fue el triste fin de su carrera de chofer. Todos vieron a ese extraño ser parado en bolas en medio de la banquina y se rieron de ella con verdadera saña de rudos camioneros. En poco tiempo la noticia se desparramo y Moyanito, tal el apodo que le habían puesto, se convirtió en el hazmerreír de todo el gremio.

Desesperada y abatida por este nuevo fracaso, se refugio en su casa, donde al menos encontró el consuelo que le brindo su hermano. Este, en definitiva era la única persona que realmente la comprendía. Se llamaba Oscar pero en Palermo era mas conocida como la colorada Gisela.

Varios días de conversaciones con él, que concia a fondo el oficio,

terminaron por convencerla, tenia que dejarse de macanas y ser mujer

nuevamente.

A su edad y con esa facha no le seria fácil conseguir nuevo trabajo

Pese a todo, la casualidad vino nuevamente en su ayuda.

Le ofrecieron un puesto atendiendo la ventanilla de reclamos de no sé que repartición municipal. En ella, feliz, pasaba cómodamente sus días poniendo cara de culo a cuanta persona se arrimaba y cumpliendo así a la perfección la tarea encomendada.

Años paso en este puesto y hasta tal vez hubiera llegado a jubilarse, pero un buen día, sin haber conseguido que una persona lo hiciera, la cirrosis la tumbo.



2005

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